Oct 22

La semana se encontraba revuelta, llevaban varios meses escuchándose el rumor de que esta vez los despidos iban a ser masivos. Se rumoreaba que cuando Don Fernando Fernández regresará de sus vacaciones en Egipto las rescisiones de los contratos se iban a producir de manera ineludible. 

Algunos opinaban que se seguiría un criterio de antigüedad, otros, que se marcarían aspectos de productividad, y algunos más conscientes de cómo se generaban este tipo de decisiones presuponían que se marcaría un poco de todo… un poco de aquí y un  poco de allá.

Fue quizá de este modo cuando se comenzaron a barajar las primeras quinielas y pronto Rodríguez despierto para estas cosas organizó un tablón de apuestas en el que cada uno apostaba por uno u otro candidato según pensase que iba a ser despedido.

El odiado Ruiz, la sombra de Don Fernando Fernández se pagaba 20 a 1  ya que todo el mundo dudaba que realmente él fuera de los elegidos en salir despedido.  Había apuestas de lo más variadas; desde que las primeras en salir serían mujeres o si serían hombres. Cada uno se sentía observado según se pagaba su apuesta. El Comité de Empresa tuvo que intervenir cuando la Señorita Fernández, vio que su apuesta porque saliera se pagaba a una miseria e intentó suicidarse en los baños del segundo piso.

El  único que se mantenía en una extraña calma era Peláez, como siempre con su parsimonia habitual y su perpetúo retraso, a la hora de llegada, saludaba a todo el mundo y en su descaro de los últimos quince años se acercaba a la máquina del café extraía del armario azul de los expedientes cerrados una taza antaño blanco y ahora de un gris perla casi diluviano, la llenaba de café con leche y doble de azúcar y regresaba a su puesto de trabajo lentamente evitando derramar algo de su taza por el pasillo. Una vez en su mesa sacaba de su maletín unos grasientos churros envueltos en papel de estraza y comenzaba a digerirlos con gran deleite y placer mientras leía el periódico.

Ruiz le miraba con odio mortal e iba de mesa en mesa con cara compungida indicando mohínamente que nadie estaba a salvo y que él mismo dudaba que pudiera seguir manteniendo su puesto para Don Fernando Fernández.  Además rencorosamente vaticinaba con rabia en voz alta que él saldría  también pero que a buen seguro Peláez le acompañaría.

Peláez le ignoraba abiertamente mientras leía las noticias del extranjero con detenimiento sobre lo acontecido en la zona iberoamericana, desde que se había hablado de despidos en el seno de la empresa Peláez había intervenido poco en las conversaciones que se montaban en el descanso.

Lo cierto es que Peláez era uno de los principales candidatos a salir, al margen de la señorita Fernández. La apuesta de Peláez estaba entre las peor pagadas, célebres eran los enfrentamientos en el despacho de Don Fernando en los que los gritos del Director se oían en toda la empresa. Todo el mundo se admiraba que Peláez saliese tranquilo del despacho regresase a su mesa y continuara leyendo el periódico.

Nadie entendía que le había mantenido en su trabajo tanto tiempo, algunos decían que el hecho de formar parte del sindicato le había salvado, pero lo cierto es que hacía ocho meses que había dimitido de su puesto de vocal. Otros, afirmaban que era familia del Vicepresidente pero nadie lo sabía a ciencia cierta.

La rumorología llegaba a decir que a Peláez no le importaba que le despidiesen porque le había tocado la lotería hacía ya bastante tiempo y que por eso mismo estaba siempre tan moreno.

Rodríguez nada más comenzar su chanchullo de las apuestas le pidió su opinión y Peláez más enigmático que nunca levanto la vista del periódico le miró y susurró un casi inaudible “ya veremos”.

El día esperado para el regreso de Don Fernando Fernández era el lunes, Peláez llegó y como habitualmente hacía, se dirigió a la máquina de café, en ese momento Ruiz llegó desencajado casi sin aliento con el periódico temblándole entre las manos. El periódico decía que Don Fernando había sido devorado por unos cocodrilos, todo el mundo se agrupó en torno al periódico de Ruiz mientras la Señorita Fernández leía la noticia de cómo el director de la gran empresa española había caído mientras navegaba en un barco fluvial por las orillas del Nilo.

Peláez esbozó una sonrisa desde su mesa, llevaba tiempo yendo a Egipto todos los fines de semana, había amaestrado desde crías a una manada de cocodrilos durante los fines de semana, no era difícil encontrar carne humana en un país como Egipto. Sus inhumanos acólitos se volvían cada vez más fieros, más grandes. En los ojos de Trotsky, así había bautizado al más grande y al que parecía el líder de la manada veía un cierto espíritu de vieja camaradería socialista cuando le proporcionaba un turista rollizo preferiblemente americano o alemán.

La idea se la dio el Comité cuando en la XXXIII Reunión Sindical para pedir papel del baño con dibujos se anunció que la lucha social se recrudecía y que había que ser imaginativo para los nuevos tiempos que se acercaban. Ese mismo día abandono el Comité y dejo en la puerta del despacho de Don Fernando un folleto de descuento para viajar de vacaciones a Egipto.