Era la guerra diaria.
Nos mirábamos duros y nos enfrentábamos cara a cara.
A veces, yo, sonreía con cara de idiota.
Y tú, de hielo, a veces sonreías.
Fue la primavera la que nos mató las ganas.
Conocía la piel de tu perfil como la aguja de un reloj su esfera.
Eras el viento de invierno en mi piel.
En las noches la luna me traía tu cara.
Y como niño lobo aullaba al verano.
Fue la primavera la que nos mató el hambre
Las canciones amables se cambiaron a silencios cotidianos.
Las horas de ausencia se alargaban,
Y a veces creo que deje de importarte.
Cuando llegó el verano la primavera nos había asesinado.